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Las meditaciones, y cómo se usan

Cuatro prácticas guiadas, de cinco a diez minutos. Esto va de cuál elegir, cómo se pone y qué no hay que pedirle a una meditación.

por Paulina Contreras M.

Una meditación guiada para un niño no es poner a un niño a meditar. Es una voz que va diciendo qué hacer con el cuerpo mientras pasa algo por dentro, y eso es mucho más fácil de seguir que «cálmate».

Lo primero es la duración

De las cuatro que hay, la más corta dura cinco minutos y medio y la más larga diez y medio. Esa diferencia es más importante de lo que parece: una práctica que se acaba antes de que llegue el aburrimiento se puede repetir mañana, y una que se abandona a la mitad enseña que estas cosas se abandonan.

Se empieza por la corta aunque parezca poco. Subir de cinco a diez es fácil; volver de diez a cinco después de una mala experiencia, mucho menos.

Las cuatro

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La de gratitud está en el canal en dos versiones, la original y una con el audio mejorado. Aquí va la segunda, que es la que suena mejor.

Las cuatro están además escritas palabra por palabra: el mismo texto que se oye en el vídeo, para leerlo tú en voz alta, imprimirlo y llevártelo, o para cuando no se puede poner una pantalla.

Cómo se ponen

  • Sentados, tumbados o hechos un ovillo. La postura no importa nada.
  • Con los ojos abiertos vale. Cerrarlos es lo que más cuesta y lo que menos hace falta.
  • Acompañando, no vigilando. Si tú la haces al lado, no hay nadie siendo evaluado.
  • Sin pedir silencio absoluto. Un niño que comenta mientras escucha está escuchando.

Qué no hay que esperar

Que funcione a la primera, y que funcione cuando más falta hace. Una práctica guiada se aprende en los ratos tranquilos y se cobra después: sirve el día malo porque se hizo veinte veces en días normales, no porque se puso el día malo.

Y no calma a un niño desbordado. Para eso no hay grabación que valga, hay un adulto cerca.


Si buscas algo para un momento concreto y no una práctica de fondo, lo de la rabia va aparte y tiene su propia meditación.

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