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Ponerle nombre a lo que se siente

Poner en palabras lo que se siente calma un poco. La investigación que hay detrás es más modesta de lo que suele contarse, y aun así lo que queda en pie sirve, y mucho, para acompañar.

por Paulina Contreras M.

Un niño llora en el suelo del supermercado y nadie sabe muy bien por qué. Una niña de siete años dice que le duele la guata cada domingo por la noche. Un adolescente cierra la puerta y contesta «nada» a todo. En los tres casos hay una emoción funcionando a pleno rendimiento y ninguna palabra puesta encima.

El primer impulso del adulto suele ser resolver: distraer, minimizar, prometer algo. El segundo, corregir: «no es para tanto», «no te pongas así». Hay una tercera cosa que se puede hacer, y es la que sostiene casi todo lo que se publica en este sitio: ayudar a que eso que está pasando adentro tenga un nombre.

Suena blando. Vale la pena mirar qué hay debajo, y también hasta dónde llega.

Lo que se ha medido en el laboratorio

En 2007, el equipo de Matthew Lieberman en UCLA publicó un estudio que se ha citado desde entonces hasta el desgaste. A un grupo de personas se les mostraron caras con expresiones intensas mientras se les escaneaba el cerebro. Cuando solo miraban, se activaba la amígdala, una estructura profunda muy involucrada en el miedo. Cuando tenían que elegir una palabra que nombrara esa emoción, la amígdala se activaba menos, y en cambio subía la actividad en una zona de la corteza prefrontal, hacia la derecha.

El título del artículo es literalmente «poner los sentimientos en palabras». Ese mismo año, un segundo estudio del mismo laboratorio, con veintisiete participantes, encontró que quienes puntuaban más alto en atención plena mostraban ese patrón de forma más marcada: más prefrontal, menos amígdala, al nombrar.

De ahí viene la frase que circula por todas partes: nombrar para calmar. Y de ahí viene también el problema, porque la frase viajó mucho más lejos que el dato.

Lo que ese hallazgo no dice

  • No se hizo con niños. Los dos estudios son con adultos, dentro de un escáner, mirando fotografías de desconocidos. Un niño de cuatro años en plena rabieta no es ese contexto ni de lejos.
  • Nombrar no apaga la emoción. Lo que se midió es una diferencia de activación dentro de un escáner. Nadie deja de estar triste porque diga «estoy triste».
  • Que dure es otra pregunta, y está abierta. En enero de 2026, un equipo de la Universidad de Utrecht buscó el efecto sostenido, el que quedaría después, y no lo encontró: quienes habían nombrado las imágenes no se comportaron después mejor que quienes las habían emparejado con otra imagen. Los propios autores señalan que su medida podía no ser lo bastante sensible, y que esto encaja con otros trabajos donde el beneficio aparece en el momento pero no permanece.

Nada de esto tumba la idea, pero le pone tamaño. Hay bastante evidencia de que poner palabras baja la intensidad mientras ocurre, y poca de que eso solo, por sí mismo, cambie nada a largo plazo. Cualquier texto que le prometa a una familia que nombrar las emociones «regula el cerebro de su hijo» está vendiendo un tamaño de efecto que nadie ha medido.

Por qué igual vale la pena

Porque el argumento que de verdad sostiene esto viene del desarrollo.

Daniel Siegel, psiquiatra infantil, usa dos palabras que valen más que la anécdota de la amígdala. Una es «mentalés»: ese lenguaje interno con el que alguien se cuenta a sí mismo lo que le está pasando por dentro. Unos niños lo desarrollan mucho y otros casi nada, y no es solo temperamento. La otra es «diálogo reflexivo», que es exactamente esto: la manera en que un adulto conversa con un niño sobre la naturaleza de su propia mente. Su propuesta es que esas conversaciones, repetidas durante años, se internalizan y terminan siendo la capacidad de describir el propio estado.

Dicho de otro modo: el vocabulario emocional de una persona adulta empezó siendo la voz de alguien que se lo prestó. Se aprende conversando, muchas veces, casi siempre por el costado. Un cartel de caritas en la pared no lo enseña.

Vivir con fortaleza emocional implica la capacidad de recuperarnos de los estados negativos, no la de eliminarlos completamente de nuestras vidas.Daniel J. Siegel, Cerebro y mindfulness

Esa frase es el mejor antídoto contra el mal uso de todo lo anterior. El objetivo es un niño que se enoje y vuelva.

Cómo se hace, en concreto

Cinco cosas que caben en la vida real de una casa, sin material, sin momento especial y sin que nadie tenga que hacerlo bien.

  1. Primero el cuerpo, después la palabra. Con la emoción arriba del todo no hay conversación posible, y pedirla es pedir algo que en ese minuto no está disponible. Se espera a que el cuerpo baje, y para eso sirve respirar juntos.
  2. Describir en vez de evaluar. «Estás con mucha rabia» es una descripción. «Estás insoportable» es una nota. La primera le da una palabra para usar; la segunda le da algo de lo que defenderse.
  3. Ofrecer, no examinar. «¿Qué emoción es esta?» convierte el momento en una prueba con respuesta correcta. «A mí me pasa que cuando me da rabia me arde la cara, ¿a ti?» abre una puerta y deja pasar o no pasar.
  4. Nombrar la propia. Un adulto que dice en voz alta «estoy cansada y me está saliendo mal el tono» está enseñando el mecanismo entero en una frase, y de paso se lo aplica.
  5. Aceptar la palabra rara. Si dice que tiene «un remolino en la panza», eso es una palabra emocional perfecta y es suya. Corregírsela por una del cartel es cambiarle un idioma que funciona por uno que no.

Y después está el rodeo, que con niños funciona mejor que la vía directa: hablar de lo que le pasa a otro. Un personaje al que le pasa algo permite decir en tercera persona lo que en primera no sale. De eso van los cuentos de Mundo de Kora, y por eso cada uno termina con una conversación y no con una moraleja. Para el rato previo, cuando el cuerpo todavía va rápido, está el guía de respiración en Herramientas.


De dónde sale esto

Las referencias van completas y sin enlace a propósito: las copias que circulan en buscadores respondían 404 o pedían verificación el día que se comprobaron, y aquí no se publica una URL que ya sabemos rota. Con estos datos se encuentran en cualquier buscador académico.

  • Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H. y Way, B. M. (2007). «Putting feelings into words: affect labeling disrupts amygdala activity in response to affective stimuli». Psychological Science, 18(5), 421-428.
  • Creswell, J. D., Way, B. M., Eisenberger, N. I. y Lieberman, M. D. (2007). «Neural correlates of dispositional mindfulness during affect labeling». Psychosomatic Medicine, 69(6), 560-565. Veintisiete participantes; es un estudio correlacional, no un experimento sobre el efecto de entrenar.
  • Chen, J., van de Vijver, I., Kenemans, J. L. y Baas, J. M. P. (2026). «Impact of affect labelling as an implicit emotion regulation strategy on negative and positive emotions». Cognition and Emotion. Acceso abierto, licencia CC BY. Dos experimentos con muestras universitarias pequeñas; mide el efecto sostenido, no el inmediato.
  • Siegel, D. J. (2010). Cerebro y mindfulness. Barcelona, Paidós. Traducción de Montserrat Asensio; original: The Mindful Brain, 2007. Los conceptos de «mentalés» y «diálogo reflexivo» están en su capítulo 10.

Un apunte sobre el libro de Siegel, que es de 2007: su bibliografía se cierra en 2006 y una parte de ella eran entonces trabajos sin publicar. Es un libro excelente para pensar y una fuente que hay que comprobar antes de citar. Aquí se ha usado para lo que aporta de propio: el desarrollo, la conversación, el apego. Los datos de neuroimagen se citan de su fuente original.

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